domingo, 2 de octubre de 2011

AL-ÁNDALUS: LA ESPAÑA MUSULMANA (Ss. VIII-XV)



La conquista musulmana de la península

Cuando los musulmanes se afianzan  en el norte de África tras arrebatársela a los bizantinos, el gobernador de dicha provincia, Muza, sondea en busca de nuevas conquistas. Al otro lado del estrecho, existe otro reino, del que desconoce su fuerza, así que envía a un tal Tarif, al mando de un pequeño destacamento de 1000 hombres, en busca de botín, y para conocer el nivel de resistencia de los habitantes del lugar, en el año 710. La gran cantidad de riquezas recaudadas y la facilidad de la empresa animan a Muza a mandar una expedición mucho mayor, se cree que de unos 10.000 hombres, al mando de su liberto Tarik.
Cuando el rey Rodrigo, estando en campaña contra los vascones, que se habían vuelto a rebelar, recibe la noticia de una inquietante invasión en toda regla por el sur, se dirige inmediatamente con sus tropas hacia ese lugar. No solamente su ejército se encontraba extenuado del esfuerzo, sino que también hay que recordar que, aparte de guerreros propios,  estaba compuesto de mesnadas, es decir, por los contingentes de soldados que pertenecían a sus vasallos, y por tanto, no necesariamente leales al rey. De hecho, conocemos por las fuentes textuales árabes que los familiares de Witiza se retiran del combate, junto con sus tropas, en la batalla de Guadalete (711), quedando así sellada su traición. Nunca se supo qué ocurrió al rey Rodrigo.
Tarik persigue a los restos del ejército visigodo que se refugian en Écija y pasa a cuchillo a su población. Con esta acción, quiere facilitar la conquista de otros lugares, como ocurrirá con Córdoba, que se rinde.
Mientras tanto, Muza, celoso del gran éxito de Tarik, y ambicionando botín, reúne más efectivos bereberes (norteafricanos) y se dirige a la península. Serán sus tropas quienes conquisten Sevilla y sellen la capitulación de Mérida. Ambos generales se reúnen en la capital del reino, Toledo, que no lucha, pues les es abierta por el hermano de Witiza, y continúan hacia el norte, hasta el 714 en el que marchan a oriente (donde serán juzgados por el califa).
Gran parte de la península se rinde o pacta con los musulmanes, no ofrece resistencia para defender la autoridad visigoda. El mejor ejemplo lo vemos cuando Abd al Aziz, el hijo de Muza, nuevo gobernador de África, sella un pacto con el conde visigodo Teodomiro, el llamado Pacto de Tudmir, en el que los musulmanes obtienen la obediencia de las 7 ciudades donde éste gobierna, en la zona entre Murcia, Albacete y Alicante, a cambio de respetar su vida, propiedades, y religión “ya que se ha sometido sin lucha”.


Por su parte, el conde Casio de Zaragoza se somete, pasando sus sucesores (Banu Cassim) a gobernar este territorio durante toda la dominación musulmana; y Cataluña se somete, controlada por los hijos de Witiza.
Otro aspecto que hay que resaltar es la organización del territorio conquistado. Una razón por la que la población hispanogoda no se resiste, es porque los musulmanes son tolerantes con otras religiones monoteístas, la hebrea y la cristiana, mientras paguen un impuesto por ello. Además, las élites sociales, para seguir en su posición privilegiada, aceptan a los nuevos dominadores y les apoyarán, siendo los primeros en islamizarse. Los cristianos convertidos al Islam recibirán el nombre de muladíes.
Existen 3 diferentes teorías sobre la invasión musulmana:
-          Una visión, heredera de la medieval cristiana, es la que relaciona la llegada de los musulmanes a los enormes “pecados” y a las “profanaciones” del rey Rodrigo, que llevan a la perdición del reino. Es la que se transmite a través del romancero, y por tanto, son tradiciones, cuentos, no algo histórico ni creíble, sólo son historias para entretener que no conocen la realidad.
-          Otra teoría, es la que relaciona la llegada de los musulmanes con la petición de ayuda de parte de los hijos de Witiza. Las fuentes escritas por autores islámicos confirman este contacto, pero también tenemos que tener en cuenta que también la península estaba en su siguiente punto de mira en su expansión tras la conquista del norte de África.
-          La última, más reciente, no se preocupa tanto de las causas de su llegada, sino de la ruta. Cada día más autores la comparten, y consiste en identificar la Región de Murcia como el lugar de desembarco de los musulmanes, y sitúa la batalla de Guadalete junto al río Guadalentín o Sangonera, en dicha provincia.

El Emirato Dependiente de Damasco o waliato (711-756)

El periodo comprendido entre la batalla de Guadalete y la entronización de Abderramán I en Córdoba se conoce en la historia de Al-Ándalus como emirato o waliato, ya que el dirigente de la España musulmana recibirá el título de emir, amir o walí, o sea, gobernador de una provincia del imperio musulmán, que tenía su capital en Damasco durante la época de los califas omeyas.
Esta fase se caracteriza por la conquista musulmana de la península, como hemos explicado. En años posteriores, se asegura la presencia islámica en lugares más remotos, siendo frenados en la cornisa cantábrica en el 722 en la batalla de Covadonga.
Los intentos de los emires cordobeses de proseguir sus conquistas por el sur de Francia tendrán éxito inicialmente, hasta que Carlos Martel (abuelo de Carlomagno) logrará derrotar de forma definitiva a los musulmanes en el corazón de su reino, en la batalla de Poitiers (732). A partir de entonces, se replegarán al otro lado de los Pirineos, donde de vez en cuando practicarán expediciones de saqueo o razzias, hasta que Carlomagno decida crear una “Marca Hispánica”.
También hay que destacar la revuelta de los bereberes en el año 740, de tal importancia, que tiene que ser sofocada con un envío desde oriente de un ejército de sirios (que se quedan en Al-Ándalus). Las causas son el desigual reparto de las tierras arrebatadas a los hispanogodos derrotados por las armas, ya que la costa mediterránea y los valles de los ríos, con sus fértiles vegas, son entregadas a gente de origen árabe, incluso a los que no participan en la conquista y llegan después, mientras que a los bereberes, originarios del norte de África se les entregan las tierras más pobres y agrestes, como la meseta, Galicia, las zonas montañosas y la peligrosa zona fronteriza con esos pequeños núcleos de resistencia cristianos que se están formando en el norte de la península. La principal consecuencia de dicha revuelta será el abandono de las tierras más allá del Duero, que denominamos “tierra de nadie”.

El Emirato Independiente (756-929)

En el año 750 hay un cambio de dinastía en los califas del imperio musulmán. Los abasidas asesinan a la familia real omeya al completo reunida en un banquete en Damasco, en una conjura urdida por todos los enemigos de dicho régimen, que discriminaba a los nuevos musulmanes a favor de las familias de origen árabe, que ocupaban los altos cargos y recibían las mejores tierras.
El joven príncipe Abd-al-Rahman o Abderramán consigue escapar de la masacre y huye, temiendo su captura, hasta el otro extremo del Mediterráneo, a Al-Ándalus. Allí ha conseguido, a través de un liberto suyo, el apoyo de poderosas familias pro-omeyas, que, esperando ser recompensados, le ayudan a derrotar al emir impuesto por los abasidas.
Tomará el nombre de Abderramán I, y se declara política y militarmente independiente de sus enemigos los califas abasidas, pasando, por tanto, de ser electo el cargo de emir a ser hereditario en la familia omeya. Sin embargo, el liderazgo religioso se sigue manteniendo en los califas que ahora residen en Bagdad. A esta independencia de la península ayuda que haya otros levantamientos en el imperio musulmán que impidan que los abasidas recuperen el control de Al-Ándalus.
La constitución de un estado independiente concede a los emires todos los poderes excepto el religioso, y la transmisión por herencia concede cierta estabilidad en el trono, pero a pesar de ello, el emirato independiente es un periodo con muchos problemas.
Quizá el principal sean las luchas de las diferentes tribus instaladas en Al-Ándalus, que se toman la justicia por su mano y combaten entre ellas, por encima de la autoridad cordobesa. Sobre todo destacan las revueltas de los bereberes, que son el único asunto que genera unión entre las tribus de origen árabe, frente al desigual reparto de las tierras peninsulares. Esta situación continúa porque los omeyas siguen favoreciendo a estos últimos.
También hay un creciente descontento por la discriminación que se plantea entre los musulmanes llegados de fuera y los andalusíes, que a pesar de convertirse al Islam, deben seguir pagando el impuesto que sólo tenían que pagar los judíos y cristianos por mantener su religión. Esto sucede porque los emires ven decrecer enormemente sus ingresos por la paulatina conversión de la población conquistada a la religión de los vencedores, sin embargo, estos muladíes (cristianos convertidos al Islam) llegarán a recurrir incluso al alzamiento armado contra las autoridades emirales. El más sonado será el acaudillado por Omar ibn Hafsún, que gobernará sobre amplias zonas de la serranía de Ronda, y continuarán sus hijos.
También son importantes la rebelión de la gente humilde en la llamada jornada del foso de Toledo, que se saldará con miles de víctimas, o el llamado motín del arrabal (o barrio externo donde vive la gente más pobre) en la capital, en Córdoba.
Un fenómeno curioso será en el s. IX la oleada de martirios voluntarios a los que se entregarán los miembros de algunas importantes familias mozárabes (cristianos que viven en territorio musulmán) incitados por los obispos cristianos para denunciar la cada vez menor tolerancia hacia las manifestaciones de su fe.
Desligados de esta iniciativa, hay algunas revueltas contra los impuestos por parte de los mozárabes, que llegan incluso a aliarse con ibn Hafsún.
La falta de una autoridad efectiva de los emires cordobeses será aún mayor en las regiones más alejadas de la capital, las provincias fronterizas o marcas, las de Badajoz, Toledo y Zaragoza, donde las principales familias son las que realmente gobiernan en una práctica independencia.
Por su parte, el reino de Asturias está repoblando tierras al otro lado de la cordillera cantábrica, llegando a consolidar su presencia en el Duero, como se puede deducir del que situaran su nueva capital en León (910).
Los sucesivos emires omeyas no podrán solucionar estos enormes problemas hasta que llegue en el 912 al trono Abderramán III. Consciente de que el mayor problema son las continuas rebeliones de los bereberes, decide emplearlos masivamente en el ejército como mercenarios, ya que todos esta inestabilidad se va a solucionar no con concesiones, sino por la fuerza. Pero para mantener un gran ejército hace falta tener abundantes ingresos, los cuales se podían obtener de devolver bajo control cordobés a todas las regiones rebeldes. Así conseguirá mediante el envío de tropas, la obediencia de las marcas fronterizas, haciendo cumplir su ley. También obtendrá grandes beneficios de lanzar contra los cristianos del norte campañas victoriosas que no buscan la conquista de esos territorios, son razzias en busca de botín, que llenan las arcas cordobesas y mantienen a los bereberes bajo el mando del emir. Asimismo, acaba con las demás rebeliones internas y llega a intervenir en el norte de África tomando Melilla, Tánger y Ceuta para frenar la influencia de los fatimíes en el Magreb.
Tras unificar y potenciar el poder musulmán de la península, Abderramán III decidirá erigirse en el año 929 también él como califa, ostentando así también la autoridad religiosa en Al-Ándalus. Nada podrán hacer los califas de Bagdad ni los del recién creado califato fatimí.

Califato de Córdoba (929-1031)

Con la proclamación como califa de Abderramán III comienza el periodo más floreciente en todos los ámbitos de la historia de la España musulmana.
Sobre todo, hay que destacar la labor como mecenas que realizará su hijo Al-Hakam II (961-976), gran protector de las artes y las ciencias. Atrajo a Al-Ándalus a los más importantes intelectuales de todos los ámbitos (matemáticas, astronomía, poesía, medicina, …), creando la biblioteca más importante de su época y convirtiendo a Córdoba en la capital cultural del mundo.
A la península llegaban mercaderes de todo el mundo y la moneda califal (dinar de oro y dirham de plata) se convirtió en la divisa más importante.
A la muerte de Al-Hakam II, subía al trono su hijo Hixem II, menor de edad, asumiendo la regencia el ambicioso hachib (primer ministro o visir) Almanzor (Al-Mansur, el grande). Éste sólo pudo mantener la estabilidad política con una agresiva política exterior consistente en el empleo masivo de bereberes en sucesivas campañas contra los reinos cristianos del norte. Nunca se pretendió su conquista y ocupación, sino su sometimiento al pago de parias (pesados tributos a cambio de la paz) o la obtención de botín. De hecho, saqueó las principales ciudades cristianas, como Barcelona, Oviedo, León o Compostela, donde visitó la tumba del apóstol y capturó las campanas para elaborar lámparas en la mezquita de Córdoba (a donde fueron llevadas a hombros de los muchos prisioneros cristianos que hizo), que él mismo amplió.
Su muerte (1002) en una de sus numerosas campañas conllevó a la desestabilización del régimen. Las tropas bereberes saqueaban aldeas sin control ninguno y los califas se sucedían rápidamente en una serie de conjuras y asesinatos. La anarquía se hizo tan evidente que incluso el palacio real de Medina Azahara fue saqueado y expoliado. Finalmente, un grupo de aristócratas cordobeses decidió en 1031 la disolución del califato como institución, sustituyéndolo por una serie de gobiernos autónomos en cada región, los llamados reinos de Taifas.

La época de los primeros Reinos de Taifas

Nada más disolverse el Califato, se constituyeron una serie de reinos por todo el territorio musulmán, cuyo número es muy variable, ya que muchos luchaban entre ellos. Hay de varios tipos, según el origen de sus familias gobernantes: árabes, muladíes, bereberes o eslavos (sí, musulmanes de origen eslavo). Las más importantes por su poder y extensión fueron las de Zaragoza, Toledo, Badajoz y Sevilla, que a menudo anexionaron otras más pequeñas, como las de Granada, Almería, Tortosa, Denia, Córdoba, Valencia, Albarracín, etc.
Al dividirse Al-Ándalus en diversas unidades políticas, eran un enemigo dividido ante los constantes ataques conquistadores cristianos, y por tanto, débil, ya que también luchan entre ellas. Ello se traducirá en un aumento constante de los impuestos para los campesinos (y por tanto, un empobrecimiento de los mismos), bien para las guerras o para el pago de parias a cambio de paz.

Historia de la taifa de Toledo

Ante la crisis y debilidad del Califato cordobés a partir del 1031, el visir toledano de origen bereber Ismail al-Zafir proclamó la independencia del Reino Taifa de Toledo, el más extenso de todos los andalusíes (casi toda la meseta sur, los valles medios del Tajo y el Guadiana), dejando la corona a su hijo Yahya al-Mamún (1043-1075). Éste, ante el ataque de su rival, el rey taifa de Zaragoza, se granjeó el apoyo y la protección de los castellanos (Fernando I), por el pago de parias o tributos, y afianzó su poder haciéndose con el valle del Henares y las tierras alcarreñas hasta Medinaceli y Molina; contuvo a las tropas del reino taifa de Badajoz en Talavera y desde tierras de Cuenca se anexionó el reino taifa de Valencia. La pujanza de Toledo como foco económico, científico y cultural fue entonces extraordinaria, hasta el punto de albergar temporalmente al exiliado Alfonso de León en su conflicto con su hermano Sancho de Castilla, contrayendo con Toledo una deuda de no agresión y ayuda mutua. La fortuna militar de al-Mamún le llevaría incluso a la toma de la misma ciudad de Córdoba en 1075, pero murió asesinado poco después.
Su nieto y sucesor Yahya al-Qádir, con la oposición de la propia población toledana agobiada por los tributos, no consiguió hacerse con el reino y fue depuesto por el rey de Badajoz; aunque el ya rey de Castilla y León Alfonso VI consiguió devolverlo a su trono (1081). Pero incapaz de mantenerse en él, y ante los ataques y razzias de zaragozanos, valencianos, aragoneses y, por supuesto, castellanos, se pactó un intercambio: Castilla ocuparía Toledo mientras que al-Qádir sería entronizado en Valencia. Después de un laborioso asedio, y con ayuda y apoyo interior, el 25 de mayo de 1085 Alfonso VI conseguiría entrar en Toledo, en lo que ya entonces se presintió aún con muchas incidencias posteriores como el principio del fin de la España musulmana, que empezaba a deshilacharse por el centro.
La toma de Toledo causó una profunda consternación en los musulmanes hispanos que ante el miedo a los cristianos pidieron ayuda a sus correligionarios del norte de África: los almorávides, que pasaron el estrecho en 1086, derrotando a los cristianos en varias batallas, y controlaron Al-Ándalus de 1095 a 1146.

El dominio almorávide

Los almorávides eran bereberes que forjaron un estado basado en una versión más rigorista y radical del Islam, extendiéndose desde su núcleo originario en el Sahara hasta el estrecho de Gibraltar. Acudieron en ayuda de los andalusíes y derrotaron a Alfonso VI de Castilla y León en Sagrajas (1086), poniendo a continuación asedio a Toledo, pero no la pudieron tomar. Poco a poco, los almorávides consiguieron hacerse con el control de las distintas taifas, unificando de nuevo la España musulmana, aunque fuera anexionándola a su Imperio.
La cadena de éxitos continuó con nuevas victorias en nuestras tierras, en Consuegra (1097) y Uclés (1108), y esto favoreció su dominio sobre Al-Ándalus, hasta que varios factores fueron socavándolo. Su ayuda militar permitió relajar esa enorme presión fiscal que suponía el pago de parias y frenó a los cristianos, pero por un lado, eran vistos como dominadores extranjeros y no hablaban el mismo idioma que los andalusíes, y también acabaron con la tolerancia hacia los mozárabes (cristianos en territorio musulmán) y judíos peninsulares, acabando con la secular (que dura siglos) convivencia entre dichas culturas (de hecho, Alfonso I el Batallador dirigió una expedición por Andalucía para atraer mozárabes descontentos para repoblar tierras del norte).
Así, cuando las victorias militares almorávides dejaron paso a las primeras derrotas, los propios andalusíes se rebelaron contra ellos (1144-5) y los expulsaron, formándose los llamados segundos reinos de Taifas.

El dominio almohade

Las segundas Taifas tuvieron una vida efímera (breve) ya que los nuevos dominadores del norte de África, los almohades, se hicieron con el control de Al-Ándalus de 1145 a 1160. Éstos sí supusieron una amenaza mayor para los cristianos, que sufrieron una durísima derrota en Alarcos (1195), resultando asediado y destruido el castillo de Calatrava la Vieja (C. Real). Reconquistaron tierras a los cristianos en La Mancha y también todo el Reino formado por el Cid en Valencia.
Los reinos cristianos unieron sus fuerzas para atajar este enemigo común, logrando Alfonso VI de Castilla derrotar a las fuerzas combinadas de almohades y andalusíes en la mayor batalla de la Edad Media española, la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), en las mismas puertas de Andalucía, junto a Despeñaperros.
Las consecuencias de esta derrota fueron importantísimas: el principio del fin del dominio almohade, la pérdida del valle del Guadalquivir en poco más de 30 años y la formación del reino nazarí de Granada.

El Reino nazarí de Granada

-          Su origen:
La creación del reino nazarí de Granada viene determinada por la batalla de las Navas de Tolosa en primer lugar, y el inicio de la conquista del valle del Guadalquivir. El iniciador de la dinastía nazarí que da nombre a este reino será el gobernador de Arjona (norte de Jaén) el famoso Alhamar que, aunque fue expulsado de sus tierras, consiguió hacerse reconocer rey de Granada y también de Murcia, que sin embargo pronto perdió. Al aglutinar bajo su poder gran parte de las tierras islámicas de la Andalucía oriental, constituyó un poder unido frente a los cristianos. Asimismo, consiguió consolidarlo declarándose vasallo de los castellanos (1246), jurando fidelidad a Fernando III el Santo, lo cual salvó su reino pero también le obligó a acudir con su señor a la guerra contra sus correligionarios, por ejemplo, en el asedio de Sevilla.
-          Factores que ayudaron a su larga pervivencia:
1)   Su vasallaje inicial a Castilla, que ya hemos citado, ayuda a su consolidación.
2)   El pago de parias a cambio de paz. Sin embargo, como hemos visto, se traducía en agobiantes impuestos sobre la población que hacían inestables los gobiernos de los monarcas granadinos.
3)   La orografía del terreno donde se asienta el reino ayudará enormemente a su defensa frente a Castilla en las épocas de guerra. La frontera variará muy poco en dos siglos, exceptuando la zona de Cádiz, porque está muy bien defendida por una red de fortalezas y atalayas de vigía en zonas muy escarpadas que hacían muy costosa su conquista, que normalmente era tenía lugar tras un largo asedio.
4)   La debilidad interna de Castilla que se manifiesta tras el reinado de Fernando III (a partir de sus sucesores Alfonso X el Sabio y Sancho IV), debida a las luchas entre la monarquía y la nobleza por cuestiones sucesorias, luchas en el s.XIV entre los campesinos y los señores, la Peste Negra, etc.
5)   La importante densidad demográfica del reino granadino, a la cual acudía en masa la población musulmana tras la conquista de sus tierras por los castellanos, sobre todo tras la expulsión de los mudéjares (musulmanes que viven en tierras cristianas, llamados luego en el XVI moriscos) andaluces tras su revuelta del 1264. Esto significaría un mayor número de tierras en explotación, mayores ingresos, más hombres para la guerra, etc.

-          Historia del reino de Granada:
La época de mayor apogeo del reino será en el s. XIV, cuando se van a construir las salas más importantes de la Alhambra, la alcazaba de Almería, etc. La economía se basaba en su rica agricultura, el pastoreo en las zonas montañosas y el activo comercio con Génova y el norte de África. De hecho, durante un tiempo, los granadinos se apoyaron en los benimerines, nuevos dominadores del norte de África tras los almohades, logrando avances frente a los cristianos, pero desde mediados del XIV, perderán definitivamente el estrecho y con ello toda ayuda externa. Desde entonces se inicia el declive nazarí.
-          La guerra de Granada:
Dos factores inciden en el fin de la última posesión musulmana en la península:
1)   La consolidación de la monarquía frente a la nobleza, tras el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, sometiendo los Reyes Católicos a aquellos que no les apoyan.
2)   Los problemas internos en Granada: la guerra civil entre Boabdil y su tío Zagal.
A partir del 1483 la primera fase de la guerra consistirá en el sometimiento de la parte occidental del reino, concluida con la costosa toma de Málaga al asalto. A continuación, el siguiente teatro de operaciones será la zona oriental, aislando Granada del puerto vital de Almería. La rendición de Boabdil será el 2 de enero de 1492.

viernes, 30 de septiembre de 2011

ROMANIZACIÓN Y CRISTIANIZACIÓN DE HISPANIA II: LA HISPANIA VISIGODA

No se cita explícitamente a los visigodos en nuestro temario PAEG a los visigodos ni su presencia ni al Reino de Toledo, pero vamos a hablar de ellos por dos razones, fundamentalmente:

1.   Nuestra materia es Historia de España, entre lo que entre en la PAEG.
2.   Ateniéndonos a criterios puramente históricos, podemos decir que siguiendo el primer apartado del primer tema, “romanización y cristianización”, implícitamente tenemos que abordar la Hispania romana y el periodo visigodo.

La presencia de los visigodos en Hispania nada cambia en esencia: los hispanorromanos continúan con sus costumbres, leyes, etc., los visigodos son los que se romanizan, y la cristianización de la península prosigue y se profundiza.

Inicios de la presencia visigoda en Hispania

En el año 395 asistimos a un hecho fundamental en la historia europea. El emperador Teodosio divide el Imperio Romano en dos partes, para sus dos hijos, Honorio, en Occidente, y Arcadio, en Oriente. Ésta sobrevivirá a las invasiones germánicas, gracias a su mayor riqueza, a su mayor población, sus innumerables recursos, el que sus ciudades no hubieran entrado en una gran decadencia como sucedía en Occidente,… Pero los historiadores, una vez que ha desaparecido el Imperio occidental lo llaman Imperio Bizantino, que perdura hasta 1453.
A finales del s. IV y principios del s. V parece que hubo un pequeño cambio climático que hizo más duros los inviernos en el interior de Asia y Europa, empujando a sus pueblos, todos ellos nómadas, al sur. Los temibles hunos que vienen de Asia serán los culpables de que los pueblos “germánicos o bárbaros” se lancen contra el mundo romano.
Se les llama pueblos germanos aunque no todos provenían de la Germania, sino que ésta era la denominación que  daban los romanos al territorio más allá del Rin. También les llamaban bárbaros, que en su origen significa “extranjero”, pero de forma despectiva también se refería a las gentes de costumbres distintas, consideradas inferiores por los romanos.
El debilitamiento de la autoridad romana facilitó que en el invierno del año 406 varios pueblos germánicos cruzaran el río Rin, que se había congelado varios días seguidos, burlando el dispositivo defensivo que se basaba en esta barrera considerada infranqueable. Los autores cristianos dirían que son un castigo divino por los enormes pecados de los romanos.
Hasta el 409 d.C. no penetrarán en la península ibérica, donde los pasos pirenaicos estaban defendidos por aristócratas, pues las tropas romanas existían sólo en teoría, como veremos.
Llegaron los suevos, los alanos y los vándalos, que devastaron el territorio peninsular durante varios años, hasta que el emperador Honorio llega a un pacto con ellos (411), sorteando provincias que les otorga para que se asienten como pobladores. Aún no están los visigodos en Hispania.
Éstos llegarán en virtud a un tratado para expulsar a los anteriores pueblos de Hispania. Honorio tuvo que aceptar un pacto con los visigodos también, ya que en el 410 habían saqueado Roma y secuestrado a su hermana. Los toma como foederatii o aliados del Imperio Romano, y a cambio, les promete aprovisionamientos y una paga. Así esperaba alejar el peligro visigodo de Italia y tratar de volver a tener las tierras hispanas bajo su control.
La primera llegada de los visigodos a Hispania, en el 415 es, por tanto, provisional. Tras arrinconar a los suevos y destruir a los alanos, regresan a las Galias, donde, incumpliendo su tratado, forman un reino, con capital en Tolosa (Toulouse). Allí también ayudarán a los romanos contra los hunos de Atila. Los vándalos, arrinconados por los romanos, pasan el estrecho y crean un reino en el norte de África (429).
Tras la marcha de los visigodos, hacia el 450 los suevos comienzan a extenderse de nuevo, lo cual provoca la segunda venida de los visigodos, que esta vez sí se asientan en parte de la provincia Tarraconense, vecina a las Galias.

Cuando en Italia es depuesto el último emperador de Occidente en el 476, nada quedaba ya de la autoridad romana. Durante ese vacío de poder, la única estructura sólida que se va a conservar será la eclesiástica, situación que no pasaría inadvertida a los visigodos. También destaquemos cómo la desintegración del Estado provocará que la autoridad real de un lugar la ejerza la aristocracia que habita allí mismo, base del feudalismo medieval.

Creación del Reino Visigodo de Toledo

La entrada definitiva de los visigodos en Hispania vendrá de una situación desastrosa para ellos. Los francos, que habitaban en la desembocadura del Rin, luchan contra ellos por el control de la Galia, y los derrotan estrepitosamente en la batalla de Vouillé, en el año 507. El rey resulta muerto y el pueblo visigodo tiene que iniciar un penoso exilio lejos de la Galia, en dirección a la península ibérica.
Por tanto, el control visigodo de Hispania se iniciará lentamente a principios-mediados del s. VI.
 En esa época también, el emperador de Oriente Justiniano se ve en condiciones de expulsar a los bárbaros de Occidente, y combatirá para reunificar el Imperio Romano. Destruye el reino de los ostrogodos en Italia y el de los vándalos en el norte de África, y cruza en busca del control de Hispania, donde sólo ocupará una parte de la Bética.

Ya en la segunda mitad del s. VI se consolidará el reino visigodo con la figura del rey Leovigildo. Establece Toledo como capital, y combate contra los bizantinos (romanos del Imperio Oriental) en el sur, contra los suevos de la Gallaecia (destruidos definitivamente) y luchará contra los cántabros y vascones que no aceptaban su autoridad. Se afirma pues, que Leovigildo es el reunificador político de la península bajo autoridad visigoda.

Sin embargo, la convivencia de una minoría visigoda (unos 200.000) con una mayoría de hispanorromanos (unos 3 millones) no era perfecta. Tenían leyes distintas, y su religión era también diferente. Los visigodos, como otros pueblos germanos, eran arrianos, ya que habían sido evangelizados o cristianizados por Arrio, que no creía en la Trinidad, sino que afirmaba que Jesús y Dios eran dos entes distintos (la Iglesia consideraba su doctrina, por tanto, como una herejía). Aunque la diferencia nos parezca ridícula, en cada ciudad importante existían 2 obispos, uno arriano y otro “católico”.
El hijo de Leovigildo, Hermenegildo, se convirtió al catolicismo para atraerse a los hispanorromanos y ocupar el poder, pero fue derrotado y ejecutado por su padre, pasando pues a ser considerado mártir.
El segundo hijo de Leovigildo, Recaredo, fue más astuto, y muerto su padre, arriano convencido, adoptó la fe católica y abjuró del arrianismo en el III Concilio de Toledo (589). De forma simbólica, todos los visigodos tenían que tener la misma religión que su rey, y quedaban bautizados automáticamente. Así la minoría dirigente se amoldaba a las costumbres de la mayoría dominada.
Un paso más en la integración de dos pueblos distintos fue la equiparación legislativa. El rey Recesvinto, a mediados del s. VII, ordenó una recopilación de leyes, casi todas romanas, llamada Liber Iudicum, Liber Iudicorum o Fuero Juzgo que serían iguales para todos los súbditos, fuera su origen germano o hispanorromano.
¿No son éstas muestras de romanización de los visigodos? Ahora, hablaban el latín tardío, la lengua de la mayoría, tenían la misma religión y las mismas leyes que los romanos. Por eso, algunos historiadores no consideran el reino visigodo como de época medieval, sino como un epílogo de la época antigua, la llamada Antigüedad Tardía, que acabaría con la llegada de los musulmanes (de distinta lengua, religión, organización,…) al Mediterráneo.

El fin del reino visigodo de Toledo

Los reinos germánicos se regían por una monarquía electiva, no hereditaria. Así, cuando eran un pueblo nómada y guerrero, se elegía al líder más apto para la guerra, pero esto deja de tener sentido cuando se hacen sedentarios y dueños estables de un territorio. El principio electivo se traducía en continuas disputas por el poder entre los distintos candidatos y sus seguidores. Por eso, algunos reyes más poderosos hacían recaer la elección en sus hijos durante su mandato.
Sin embargo, a inicios del s. VIII aspiraban al trono los hijos de Witiza, un rey anterior, y Rodrigo, entre otros candidatos, siendo éste elegido finalmente. Una teoría defiende que la llegada de los musulmanes a la península está relacionada con una petición de ayuda de dichos hijos de Witiza en un intento de usurpar el poder y arrebatárselo a Rodrigo. Esta idea aparece en varios romances medievales, y está avalada por el hecho de que una vez conquistada la península recibieron grandes extensiones de terreno por parte de los musulmanes, aunque no el trono.
Sea como fuere, la expansión del Islam desde su origen en la península arábiga hasta la península ibérica fue fulminante. Desde la muerte de Mahoma, en el año 632 hasta el año 705, en el que conquistan Ceuta, los musulmanes arrebatan grandes provincias al Imperio Bizantino (el antiguo Imperio Romano de Oriente) como Siria, Palestina, Egipto y norte de África, y se anexionan el Imperio Persa, ocupando desde el estrecho de Gibraltar hasta el río Indo. Por tanto, una segunda versión opina que la extensión de sus conquistas hacia España era simplemente una continuación lógica.


La cristianización peninsular en la época visigoda

A la llegada de los visigodos, la cristianización de Hispania era bastante amplia y sólida, aunque menos en la franja cantábrica, donde se conoce la existencia aún de cultos paganos.
Sin embargo, los pueblos germánicos tenían un credo distinto, eran arrianos (una herejía del cristianismo, que no defendía la Trinidad, sino que Jesús y Dios no eran lo mismo), lo que supone la coexistencia en Hispania de ambas ramas del Cristianismo, aparte de una pequeña comunidad judía.
La asociación de la Iglesia al poder, que había nacido en época romana, continúa con los visigodos, ya que constituía la única estructura sólida que llegaba a todas las partes del reino. Así, en Toledo se celebran concilios para debatir cuestiones religiosas, presididos por el rey o incluso los grandes obispos participan en la elección del monarca.
Pero como hemos citado anteriormente, Recaredo decide que el pueblo visigodo adopte la fe de la mayoría de sus súbditos, la católica, una muestra de la “hispanización” de los godos para un mejor control del reino.
La conversión simbólica al catolicismo tuvo lugar en el III Concilio de Toledo (589), y tenemos conocimiento de hasta 7 concilios en época visigoda, lo cual da idea de su nivel de organización. Incluso la consolidación de esta alianza entre la monarquía y la Iglesia se reflejará en la promulgación de leyes que restringían la libertad de culto a los judíos.

La conversión de Recaredo (cuadro del s.XIX)

Citar también cómo en las zonas bajo dominio suevo tuvo difusión las ideas del un “hereje”, Prisciliano, de finales del s. IV, sobre todo en la Gallaecia y también en la Lusitania. De hecho, los Concilios de Toledo, desde el primero, condenan dicha herejía, y gracias a ello podemos constatar que el Priscilianismo aún perduraba en la península desde la época romana. Algunas teorías sostienen que la tumba de un personaje santo visitado por numerosos fieles desde esta época no es la del apóstol Santiago, sino la de Prisciliano.

jueves, 22 de septiembre de 2011

EL PROCESO DE ROMANIZACIÓN Y CRISTIANIACIÓN EN LA HISPANIA ROMANA



EL PROCESO DE ROMANIZACIÓN Y CRISTIANIZACIÓN DE HISPANIA (I): LA HISPANIA ROMANA

Los pueblos prerromanos de la península ibérica

Romanización es el proceso por el que los pueblos mediterráneos integrados en el Estado romano adoptaron las formas de vida y la mentalidad de sus conquistadores, transformando su idioma, sus costumbres, su organización, su economía y su cultura. Fue un proceso muy complejo, que afectó con desigual profundidad a las diferentes regiones que fueron convertidas en provincias romanas.
Hispania es el nombre que dieron los romanos a la península ibérica.  Podemos decir que la cristianización de la Hispania Romana consiste en la expansión de la religión cristiana en dicha provincia.
Ambos procesos fueron lentos y desiguales en intensidad, depende de las zonas.

LA CONQUISTA ROMANA DE HISPANIA

La romanización comenzará a través de la ocupación del territorio hispano que se inicia en el contexto de las Guerras Púnicas entre Roma y Cartago.
Las potencias más importantes del Mediterráneo Occidental son en esta época Roma y Cartago. Roma, una ciudad-estado de la península itálica, logra hacerse con el control de la misma, mientras que Cartago, colonia fundada por los fenicios en el norte de África, cerca de la actual Túnez, tenía un intenso contacto comercial con los territorios cercanos, sobre todo con la península ibérica, donde abundaban los metales. La expansión de ambas acaba en un irremediable conflicto.

Situación previa a la Primera Guerra Púnica

Tras la Primera Guerra Púnica, en la que Cartago pierde sus posesiones en Cerdeña y Sicilia, una facción del senado encabezado por la familia Barca opta por una política agresiva en la península ibérica para compensar dichas pérdidas territoriales. Se pasaría así, de comerciar con los nativos a dominarlos y así controlar dichos recursos, principalmente las minas.
Desde mediados del s.III a.C. tenemos en la península a Amílcar, Asdrúbal y Aníbal Barca, cuya política hacia los hispanos variará, incluyendo pactos matrimoniales, alianzas, o la conquista militar.  Los pueblos ibéricos, divididos entre sí y en permanente lucha, no rechazan al extranjero, sino que se apoyan en él para vencer a sus enemigos vecinos. Pero al cabo de un tiempo no quedará más remedio que someterse a los cartagineses. En un puerto natural y junto a unas minas de plata fundarán Qart Hadasht, Cartagena, llamada por los romanos Cartago Nova, que será su principal centro de poder en la península.
Para evitar posibles conflictos, Roma y Cartago firman un pacto, el Tratado del Ebro (226 a.C.), en el que Cartago se compromete a no extender su área de influencia más allá de dicho río, y Roma respetará sus conquistas.
Aníbal será más agresivo que sus antecesores y optará por el sometimiento por la fuerza de los hispanos que no acepten la autoridad de Cartago. Así ocurre con la ciudad de Sagunto, que pide ayuda al Senado romano ante el asedio cartaginés. Roma, pese al pacto firmado, decide poner fin a la peligrosa resurrección cartaginesa interviniendo militarmente. Da inicio así la Segunda Guerra Púnica.
Aníbal se lanza a la península itálica con su ejército (incluyendo sus elefantes) cruzando los Alpes para eludir la vigilancia romana, y consigue enormes victorias sobre ejércitos muy superiores, pero a su vez, Roma envía un ejército por mar hacia Massalia (Marsella), ciudad  fundada por los griegos aliada de Roma, y de allí a su colonia Emporion (Ampurias), en Cataluña. Con el desembarco romano en Emporion (218 a.C.) comienza la historia de la Hispania romana.
Los romanos encuentran aliados entre los hispanos descontentos con el dominio cartaginés, que no dudan en apoyarlos para expulsarlos de sus territorios, pero pronto se demostrará Roma no estaba allí sólo para combatir a Cartago. Por otro lado, muchas tribus peninsulares se mantendrán fieles a los cartagineses y combatirán a los romanos.
El dominio de Hispania bajo Asdrúbal se mantendrá férreo frente a las tropas romanas al mando de Gneo y Publio Cornelio Escipión, que sólo ocuparán el margen norte del Ebro, hasta que se conquista Cartago Nova  (209 a.C.). Empieza, por tanto, el declive cartaginés en la península, que será irreversible tras su derrota en Baecula (208 a.C.), debido también a que muchos nativos se pasaron al bando romano. Gades (Cádiz), última ciudad peninsular en manos púnicas, se rinde a Roma en el año 206 a.C.



Desde la expulsión de los cartagineses habrá rebeliones contra el dominio de Roma, pero ya será demasiado tarde: la posición romana en Hispania es sólida. Domina la costa mediterránea, los centros mineros e importantes zonas agrícolas. Los iberos, los pueblos más avanzados, o de cultura más mediterránea, son los primeros en ser conquistados y romanizados. Harina de otro costal será el dominio del centro y norte de la península.
El interés romano hacia esas zonas es menor, debido a la falta de grandes atractivos económicos, pero la belicosidad de los lusitanos, los habitantes del actual sur de Portugal y Extremadura, animará a Roma a una campaña de conquista. En estas guerras lusitanas, destaca la figura del líder Viriato, gran mito acrecentado en otras épocas, por hacer frente a las legiones con su táctica de guerra de guerrillas.

La muerte de Viriato, por Madrazo (s.XIX)

Más al interior, durante las llamadas guerras celtíberas (154-133 a.C.), destaca el mito de Numancia en el marco de las guerras celtibéricas (los pueblos peninsulares del interior), que aguantó estoicamente el asedio del mejor ejército de su época, además de tener un final “heroico” que ha pasado a la historia.
Por tanto, tras las guerras del s. II a.C., sólo quedaba el norte peninsular fuera del dominio romano.
Sin embargo, es de vital importancia que en el s. I a.C. surja en Roma una importante crisis del estado republicano, produciéndose las llamadas Guerras Civiles, un periodo de transición hacia el Imperio. Los políticos serán cada vez más militares, que querrán convertirse en los auténticos regentes del estado romano, con poderes unipersonales que quiebran las instituciones tradicionales.
Así Hispania será un escenario muy importante de las luchas entre Sertorio contra Sila primero, y Pompeyo después, o por César contra éste, que dejarán su huella con la creación de numerosas ciudades, donde se asientan los veteranos de guerra licenciados tras 25 años de servicio. Allí reciben una parcela en propiedad para su sustento, y se crean instituciones romanas, o incluso se fundan ciudades que no existían antes, con planta cuadriculada y foro público. Las ciudades serán el foco de romanización más importante. Sertorio tratará de acercarse a los nativos de Hispania, favoreciendo también su aculturación a las costumbres romanas, algo que le hizo muy popular.
Tras conseguir el poder absoluto sobre todo el territorio romano tras vencer a Marco Antonio (31 a.C.), Octavio Augusto decidirá “pacificar” Hispania, acabando de someter a los últimos pueblos libres de la península, cántabros, astures y vascones. Su mayor interés residía en controlar las zonas mineras del norte, que consiguió finalmente su yerno, Agripa.


LA ROMANIZACIÓN DE HISPANIA

La asimilación por parte de la población hispana de los patrones de vida de los romanos tiene una serie de vías más importantes que otras. Debemos hacer hincapié en que si bien algunos aspectos se adquirirán forzosamente, otros se harán por vías pacíficas. Todos sabemos que un dominio extranjero será más soportable cuanto más similares sean ambas culturas, así que los romanos procurarán que los pueblos ibéricos conozcan su cultura para controlar mejor política y económicamente Hispania, y también éstos tomarán los aspectos más prácticos y útiles de la cultura romana, mucho más avanzada en bastantes aspectos, como la ingeniería, agricultura, las técnicas artísticas, el uso de la moneda, etc. Vamos a destacar como vehículos más importantes en la romanización:

·           Las ciudades: la sociedad romana se caracteriza por controlar el espacio rural, base de la economía, desde la ciudad. En ella se toman las decisiones políticas, se recaudan impuestos, tienen lugar las manifestaciones artísticas,… Son el centro político, administrativo, religioso y económico del territorio, y por tanto, uno de los elementos difusores del modo de vida romano. Ya había ciudades en la península antes de los romanos ganadas por conquista, que perviven, aunque algunas se bajan a las llanuras más cercanas. Otras son fundadas principalmente por veteranos de guerra, o por colonos venidos de Italia. Un paso intermedio son las que se rindieron, que tienen unas leyes especiales. De ahí que tengan distintas denominaciones: colonias (p.ej. Colonia Libisosa Foroaugustana, Lezuza (Albacete), municipios (Ercavica, Cañaveruelas (Cuenca), etc.
Las ciudades favorecen la extensión del modelo social romano basado en el esclavismo y de los siguientes factores que vamos a ver.


·           La lengua, el latín: lógicamente, los romanos imponen el uso de su lengua, y los conquistados, en Hispania y otras regiones del Mediterráneo la hacen suya por necesidad, imposición y también por conveniencia. No olvidemos las ventajas de que en un espacio tan amplio se hable el mismo idioma: para la difusión de la cultura, el comercio, etc. Cuando los hispanos conocen la lengua latina, la romanización toma un impulso definitivo. La principal desventaja de la expansión del latín en Hispania es la desaparición de las lenguas autóctonas. De hecho, sólo nos ha llegado el euskera, y de la lengua ibérica sólo sabemos su pronunciación, aunque no podemos traducir su contenido… ¿Cómo se iban a molestar los romanos en registrar para la posteridad un lenguaje que consideraban inferior? La xenofobia de los romanos era notable, menospreciaban la mayoría de las costumbres de los bárbaros o extranjeros, excepto las que eran provechosas para ellos. Muestra de la rápida difusión del latín es que ya tenemos importantes intelectuales en lengua latina en Hispania a principios del s. I d.C., como el cordobés Séneca.

·           La religión y el arte: la religión romana es sincrética, es decir, toma aspectos de otras culturas. De hecho, asume como suyos los dioses griegos (olímpicos) que añade a deidades propias menos conocidas (por ejemplo el dios Jano, de dos caras). Por ello, sus dioses conviven con otras creencias politeístas de tierras conquistadas sin suponer una ruptura con ellas, incluso se mezclan, hasta que el paso del tiempo hace que las primeras se vayan perdiendo. Con la llegada del Imperio con Augusto se impone el culto al emperador como otra divinidad más, creándose templos para el mismo. Las imágenes religiosas, o de figuras políticas, que se colocan en las ciudades, como los edificios públicos, su decoración externa e interna… también son vehículos de transmisión de la estética romana, sus formas de pensamiento, mitología, vestuario, etc. El arte romano también toma aspectos de territorios conquistados, sobre todo del arte griego, perfeccionando sus técnicas en todos los ámbitos (escultura, cerámica, mosaico,…), tanto, que se acaban imitando pero no por imposición forzosa.

·           El Derecho Romano: hoy día, gran parte de nuestras leyes mantienen una gran influencia de la obra legislativa romana. Una parte muy importante del control de Roma sobre sus territorios era el ejército, pero tras la conquista, el orden lo ponían las leyes romanas. No sólo suponen la plasmación por escrito de las leyes, algo menos ambiguo que la transmisión oral de las mismas, sino también conllevarán la división entre ciudadanos, los que tenían derechos y se regían por unas leyes, y el resto (sin muchos derechos, sobre todo políticos). Sin embargo, con el paso del tiempo y la extensión de este derecho gracias a la romanización de la población, el emperador Caracalla concederá la ciudadanía a todos los súbditos del imperio a principios del s.III d.C., lo que suponía una mayor igualdad e integración de las gentes que lo componían.

·           Las calzadas romanas: en principio, su función es conectar Roma con todos los lugares para controlar el territorio, y poder llevar sus tropas a cualquier lugar que sea necesario. Como funciones relevantes después de la militar, está articular el territorio sirviendo como vías de uso comercial entre las distintas partes de una provincia o incluso conectando todo el Mediterráneo. Su uso como vías de comunicación continuó en época posterior al periodo imperial, durante la edad media, moderna y contemporánea, muestra de su bien planteado trazado, y la calidad de su firme. En Hispania, se pueden conectar las partes  más romanizadas con el interior, y hacia las zonas del norte, menos controladas. Así destaquemos la Vía de la Plata, entre Galicia y Mérida o la Vía Augusta, a lo largo de la costa mediterránea.

·           La estructura económica: el dominio romano supuso la ruptura de la economía de subsistencia indígena. Hispania se convirtió en una base económica de la civilización romana: Roma explotó las riquezas minerales de Hispania, y desarrolló en ella una agricultura de alta producción, orientada al comercio, y organizada en latifundios o grandes propiedades, en los que se cultivaba trigo, olivos, viñas.

Lingotes de plomo de las minas de Cartago Nova en el Museo Romano de Cartagena

La romanización de Hispania no será homogénea, hay diferencias en su intensidad:
Las zonas más romanizadas corresponden al sur y la costa mediterránea, junto con el valle del Ebro, es decir, las primeras tierras conquistadas, las de cultura ibérica (lógicamente, cuantos más años bajo dominio romano, mayor es el contacto).  También influye que la ibérica es la cultura más mediterránea de las que existían en la península, y por tanto, la más similar a la romana.
El interior, de cultura celtibérica, se conquistará posteriormente y por tanto, su romanización es menor porque es más tardía.
Si hablamos del norte, donde habitaban los celtas, hay que decir que estos territorios se ocuparon casi dos siglos después que la costa mediterránea, además, su organización tribal era mucho más distinta a la de los íberos y los romanos. De hecho, podemos afirmar que en zonas aisladas de la Gallaecia y en la zona cántabra y vasca hubo pervivencias indígenas documentadas hasta finalizada la época imperial.
Y como conclusión, decir también que la dirección que sigue la romanización de Hispania es de la costa mediterránea hacia el interior, y desde los núcleos urbanos irradia hacia el medio rural.

LA CRISTIANIZACIÓN DE HISPANIA

Origen y primitiva difusión del Cristianismo

La religión cristiana nace en Palestina, como una herejía del judaísmo, una reinterpretación del mismo. Jesús era judío y su mensaje iba dirigido a los judíos, que se consideraban el pueblo elegido por Yahvé, el dios único que convierte a esta religión en la primera gran religión monoteísta que aún pervive. Sin embargo, Jesús fracasará y será ajusticiado por el Sanedrín, y sus discípulos decidirán darle un giro radical a su mensaje enfocándolo hacia otro público, un gran público. No predicarán para el “exclusivo” pueblo judío, que lo ha rechazado, sino que ahora el Cristianismo pretende hacerse una religión universal, dirigida a los “ingenui” o paganos romanos, de creencias politeístas.
En el Nuevo Testamento, tras los Evangelios, que cuentan los hechos y la Pasión de Jesús, están situadas las cartas que compone San Juan a los romanos, a los efesios, a los tesalonicenses,… es decir, escribe exponiendo el nuevo mensaje, en griego, a los habitantes de las grandes ciudades del imperio oriental y a los de la misma capital. De los primeros años del Cristianismo, tenemos pocas noticias, pero la llegada de Santiago en vida a Hispania parece poco probable.
Como esta nueva religión sí atenta contra la religión romana, puesto que niega la existencia de más divinidades que el Dios único, es perseguido por las autoridades romanas. De ahí la mala imagen que se nos da de emperadores como Nerón (s.I) o Diocleciano (s.III), por parte de los autores cristianos, naturalmente. Éstos serán sanguinarios y los cristianos ajusticiados, mártires.

La crisis del s. III en el Imperio Romano y la extensión del Cristianismo

En el s. III aparece una crisis global en todos los ámbitos que habían sustentado el Imperio Romano. En el plano político, hay una gran inestabilidad, ya que cada vez más son los ejércitos quienes imponen a los emperadores, y no una sucesión pacífica, como en el s.II. Esto conllevará a una paulatina desorganización administrativa, a una menor seguridad en el interior y en las fronteras (ahora atacadas, por ejemplo por los partos -persas-), menor capacidad recaudatoria de impuestos,… Así, el poder estatal se va disolviendo, a la par que quien toma el relevo será la aristocracia terrateniente (que posee los grandes latifundios o extensas propiedades de tierra), que, con menor control desde arriba, es quien realmente va a ir controlando todos los aspectos de la vida cotidiana. Incluso, ya a finales de la época imperial, tendrán sus propios ejércitos y serán quienes recauden impuestos y administren justicia.
La inseguridad general se traducirá en la crisis del comercio y con ello de la vida en las ciudades, que entran en crisis. Ahora los núcleos de la vida pasan a ser las villas que posee la aristocracia en sus grandes propiedades. También significará un auge de las religiones, que dan consuelo a los desanimados habitantes del Imperio, sobre todo las religiones orientales consideradas “mistéricas” (basadas en “misterios” revelados al hombre), como el culto a Mitra, a Cibeles, la egipcia Isis o el propio Cristianismo.
La religión romana había sido respetuosa con otras creencias preexistentes, excepto las que amenazaban la autoridad romana (la judía, por ejemplo, o el cristianismo), como hemos dicho. El hecho de que Diocleciano persiga a los cristianos indica que aún no eran mayoría en el Imperio, pero en cuestión de unas décadas, esta situación se invierte: en el 313 Constantino publica el Edicto de Milán, también conocido como el Edicto de Tolerancia. Aunque se cree que el primer documento que toleraba el cristianismo corresponde a su antiguo collega imperial, el tetrarca Galerio, que gobernaba en Oriente (en oriente el número de cristianos debe ser mayor por cercanía geográfica) y fue derrotado por Constantino, el hecho de que éste lo extendiera el resto del Imperio es bastante significativo. No es que instaurara el Cristianismo como religión oficial del Imperio, es un error: significa que se dejaba de perseguir a los cristianos.
La figura del mismo Constantino ha sido muy mitificada por los cristianos. Así, se cuenta que en un sueño, previo a la batalla que le dio el poder único en Roma, tuvo una visión en la que se le apareció el crismón, formado por una X y una P, iniciales del nombre Cristo, en griego, y se le decía: “in hoc signo vinces”(con este signo vencerás). Supersticioso como buen romano, lo hizo pintar en los escudos de todos sus soldados, obteniendo la victoria. También se cuenta que se hizo cristiano en su lecho de muerte (esto no está documentado más que por fuentes cristianas), incluso que ¡donó el Imperio al Papa de Roma (famosa “Donación de Constantino”, quizá la mayor falsificación histórica de la Humanidad)!

Constantino I

Aunque Constantino lo único que hizo fue tolerar o legalizar el cristianismo, esto tuvo un decisivo efecto para la difusión del Cristianismo. Sus hijos sí fueron cristianos, pero aún no había triunfado dentro del Imperio, puesto que el emperador Juliano intentó una vuelta al paganismo tradicional, que sólo tuvo efecto durante su corto mandato. El Cristianismo era ya tan sólido que no se podía acabar con él.
Será el emperador de origen hispano Teodosio el que en el año 385 quien convertirá mediante un edicto al Cristianismo en religión oficial del Imperio. Esto ya supondría muchas cosas: el apoyo incondicional del emperador, una mayor difusión de dicha religión, la persecución de otras creencias,…
El missorium o disco de Teodosio

Así muchos templos y santuarios de la Antigüedad, desde los ibéricos, a los de la Grecia clásica, o los orientales como los egipcios, que se mantenían como lugares respetados, serán destruidos, quemados, mutilados,… como hemos visto por ejemplo en la reciente película de Amenábar “Ágora”.


Rostros de la diosa Hator mutilados por fanáticos cristianos en un templo egipcio

Así muchos templos y santuarios de la Antigüedad, desde los ibéricos, a los de la Grecia clásica, o los orientales como los egipcios, que se mantenían como lugares respetados, serán destruidos, quemados, mutilados,… como hemos visto por ejemplo en la reciente película de Amenábar “Ágora”.
La dirección de la difusión del Cristianismo será, geográficamente, de oriente a occidente, y del Mediterráneo, hacia el interior, y socialmente, desde las capas más altas, a las más bajas. Dentro de un territorio concreto, la extensión de su doctrina aparecía primero en las ciudades, para llegar más tarde al mundo rural. El mensaje de Jesús, supuestamente dirigido a los más pobres, para difundirse en el s. III entre los romanos, se reconduce a los más poderosos, a las élites, más atraídas por esos ritos ocultos y mistéricos, que se realizaban en lugares protegidos subterráneos, las catacumbas. Allí es donde surge el arte paleocristiano, con símbolos como el Buen Pastor, el crismón, el pan y los peces,…






En el s. IV el Cristianismo ya aparece sólidamente organizado, y conocemos los contenidos de los primeros Concilios, que se celebran en Oriente (indicativo de que allí existían más comunidades cristianas), como Éfeso, Calcedonia, Tesalónica, o Nicea (allí, en el 325 se fija el credo, y sabemos que en su redacción participa un cordobés, Osio). En éstos, se tiene que afirmar la doctrina oficial, ya que aparecen versiones consideradas heterodoxas, como las defendidas por Arrio, que será el que predique entre los germanos. También vemos que cada comunidad tiene un obispo (episcopos) y la figura del Papa crece en influencia en la Iglesia (ekklesia).

Los inicios de la cristianización de Hispania

No sabemos nada de las comunidades cristianas peninsulares en el s. I ó II, pero parece que comenzaron a aparecer primero en el sur. Es poco sostenible la teoría de que el apóstol Santiago en vida llegase a nuestras tierras para evangelizarlas.
Con seguridad, el primer dato documentado es el Concilio de Elvira (un lugar indeterminado cercano a Granada), se cree que en torno al 340 d.C. Gracias a que conservamos sus actas podemos saber quiénes eran los asistentes, que son sobre todo del sur, menos del interior y ninguno del norte. Esto indica que la mayoría de las comunidades cristianas residen en estas zonas, debido seguramente a que la cristianización de Hispania sigue la misma dirección que la romanización, del Mediterráneo hacia el interior y por último, al norte (o según algunos autores que sólo acuden los más cercanos, los del sur…).  Entre los firmantes vemos por ejemplo que está el obispo de Segóbriga y el de Valeria, en Cuenca.
Ya no veremos en Hispania más reuniones del clero hasta los concilios de Toledo, en época visigoda. Y es que la romanización y cristianización continúa con los visigodos, pero esto lo trataremos en la siguiente entrada.

Yacimientos romanos de la región

Por poner algunos ejemplos, destacar:
·         Villas de Carranque (Toledo), o de Noheda en Villar de Domingo García (Cuenca).

Mosaicos con escenas de caza de la Villa de Carranque (Toledo)

·         Ciudades de Libisosa en Lezuza (Albacete), o Valeria, Ercávica y Segóbriga, (Cuenca).
Foro de Segóbriga (Cuenca)


Ninfeo (fuente monumental) de Valeria (Cuenca)